Uso la IA todos los días. Por eso sé lo que no le puedo delegar
La IA no va a ganar tu pitch. Pero puede ayudarte a construirlo —si sabes dónde termina su trabajo y empieza el tuyo.
Hay dos reacciones frente a la IA en el mundo de las propuestas, y las dos son un error.
La primera es negarla: "yo trabajo a mano, eso es para flojos". La segunda es rendirse a ella: "que la IA escriba la propuesta completa". La primera te deja lento. La segunda te deja genérico —y en un pitch, genérico es perder.
Yo la uso a fondo, todos los días. Me acelera la investigación, me ayuda a ordenar el caos verbal de un cliente en una estructura, a explorar ángulos, a redactar borradores que luego rompo y rearmo. Lo que antes me tomaba días, hoy me toma horas. Eso es real y no pienso fingir lo contrario.
Pero precisamente porque la uso tanto, sé con exactitud dónde deja de servir. Y ese límite es, hoy, el trabajo más valioso.
La IA te da mil opciones; no te dice cuál es el eje del que todo cuelga. Puede resumir un mercado; no puede sentir cuánto alcance aguanta este cliente en particular antes de ahogarse. Puede escribir un guion; no puede pararse en el cuarto y transmitir convicción real cuando el que decide duda. Puede darte datos; no puede tocar a un ser humano con una historia y hacer que le importe.
Eso —el eje, el juicio de alcance, la convicción, lo humano— no se delega. Es donde vives tú.
La conclusión incómoda para muchos, y liberadora para quien la entiende: la IA no vuelve menos valioso al buen estratega. Lo vuelve más valioso, porque vuelve barato y rápido todo lo mecánico y deja al desnudo lo único que sigue costando —el criterio—. La ventaja ya no es quién tiene la herramienta. Es quién sabe qué hacer con lo que la herramienta entrega.
Usa la IA sin miedo. Solo no le entregues lo que te hace ganar.
¿Estás usando la IA para construir tus propuestas y sientes que salen rápidas pero planas? Ahí es justo donde entro. Cuéntame tu próximo pitch.
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